Textos de Silvia Pato y Rodrigo García Carmona.
Los elfos llevan milenios viviendo en el Gran Bosque. Comenzaron a habitarlo cuando el Imperio élfico de Gae Assail se expandió hasta dominar todo el mundo conocido que rodea el Mar Central Atllän. A lo largo de dos mil años, los elfos evolucionaron como civilización –y se impusieron a otros pueblos– gracias a sus conocimientos de la magia, cuyo poder aumentaba cuanto más se aproximaba la Warcrow.
La Mácula

Además, la mácula afectaba también a la psique del mago, con lo que, tarde o temprano, este acababa totalmente demente. Muchos de ellos terminaban sus días murmurando visiones incongruentes mientras que otros se suicidaban.
Los autodenominados elfos del fulgor establecieron los límites para la buena praxis de la magia y evitar la mácula. Sin embargo, esta no supuso ningún obstáculo a la ambición de otros elfos por conseguir el poder de la antigua civilización que les precedió. Defendían que la mácula era solo un vehículo para convertirse en dioses. Los elfos del fulgor los acusaron de locos llamándolos elfos mente oscura, creándose un cisma que sembró la semilla de la destrucción.
La Guerra civil
Este pulso entre ambas filosofías fue calando en toda la sociedad élfica a la luz de la Warcrow más grande que se recuerda. Los mente oscura ganaban adeptos con mucha facilidad y superaban en número a los del fulgor, hasta el punto de que los emperadores mellizos y toda su corte se adhirieron a su dogma. Fue entonces cuando, por orden imperial, comenzó a perseguirse a todos los opositores a la doctrina oscura, los elfos del fulgor se convirtieron en rebeldes y, sin que nadie pudiera evitarlo, la sociedad élfica se rompió con el estallido de una guerra civil que arrastró a los habitantes de todo el mundo.

Cuando regresaron al bosque de Maevhan, Niamh ofició una emotiva ceremonia ante los supervivientes, en la que los espíritus de los caídos en la batalla, consumidos por la mácula, fueron acogidos por los árboles Sÿena del Gran Bosque, sagrados desde entonces.
Los Sÿena, árboles sagrados
Los sÿenann han evolucionado como cultura y sociedad en torno a los árboles sagrados que albergan el espíritu de sus antepasados. La férrea e implacable defensa de su hogar va más allá del ecologismo y la vida en comunión con la naturaleza. A cada sÿenann se le asigna un árbol sÿena al nacer, del cual se le hace totalmente responsable al alcanzar la mayoría de edad. Este vínculo le acompañará durante toda su vida y más allá de la muerte, ya que al morir se le enterrará a los pies de su Sÿena para que este acoja su espíritu.

De entre todas las tradiciones sÿenann, la más dura es aquella que dicta que si un Sÿena muere, el elfo vinculado con él debe abandonar el Gran Bosque. Normalmente, la vergüenza por el deshonor del responsable es tal que no es necesario obligarle. El destierro es el peor de los castigos, ya que si los sÿenann se alejan durante mucho tiempo de su hogar comienzan a sufrir los efectos por la dependencia que tienen del Gran Bosque. Al fin y al cabo, los sÿenann son seres mágicos porque durante milenios han estado asimilando las propiedades mágicas de un hábitat impregnado e imbuido por completo de magia. Sin ese aporte acaban convirtiéndose en seres salvajes, desesperados e irracionales, pero aún implacables, precisos y letales como cualquier elfo.
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